Las rogativas.

Según la tradición, el origen de las rogativas  se remonta al siglo V, período en el que fueron establecidas por San Mamerto, obispo de Viena muerto hacia el año 474.

Tal y como nos atestigua San Avito, también obispo de Viena, muerto hacia el año 518, en su Homilía de rogationibus (PL. XLI, pp. 289-294) se extendieron rápidamente por todo el Occidente europeo.

Hay historiadores especializados en estos temas que sostienen que estos rituales cristianos acogieron y reemplazaron a sistemas de creencias y ceremonias folklórico-paganas del mundo romano, tales como las rogabilia o los ambarvalia galo-romanos, en parte herederas de cultos antiguos, otros sin embargo, niegan tal asimilación.

Es muy difícil determinar este punto tan delicado y un tanto oscuro; no obstante, a pesar de que la cultura oficial eclesiástica desde que se estableció como superestructura monopolizadora de poder, controló, destruyó, rechazó y proscribió gran parte de los ritos paganos, recibió y asimiló voluntaria o involuntariamente, muchas de estas creencias propiciatorias y otros elementos folklóricos de la cultura folklórico pagana, que tenían su origen en épocas remotas y ancestrales.

Aunque durante la Alta Edad Media el paganismo, profundamente enraizado en los pueblos del occidente europeo fue combatido fehacientemente por la Iglesia, algunos ritos sabiamente tamizados, fruto de tradiciones remotas, fueron fusionados y transferidos al cristianismo.

¿Sería este el caso de las rogativas? Es oportuno señalar que a pesar de la imponente cristianización fueron muchas las regiones que permanecieron aferradas a las antiguas usanzas, convicciones y creencias ancestrales, que en realidad la Iglesia nunca pudo combatir -adivinándose incluso dentro de la esfera de la religión huellas de supervivencias paganas.

A través de las rogativas el pueblo solicita e implora mediante una oración que era cantada insistentemente por las principales calles de la población, bondad y clemencia de la divinidad de tal modo que garantizara la supervivencia de la cosecha o les protegiera de cualquier peligro.

La agricultura durante la sociedad de Antiguo Régimen estaba sometida a frecuentes peligros y desastres naturales (plagas, sequías, tormentas, catástrofes y calamidades naturales, etc.), en muchas ocasiones la supervivencia de la colectividad estaba basada en la recolección de la cosecha agrícola anual, de ahí que si se perdiera peligrara la existencia de la comunidad.

Ante la más mínima amenaza las fuerzas superiores eran invocadas a través de una serie de ceremonias públicas que consistían en recorrer las calles de la población con el fin de atraer el favor divino.

La religión era, con todo, una especie de talismán protector que era utilizada para cuestionar la precariedad de la existencia humana. Se creía que con estos actos rituales propiciatorios se conseguiría la intervención mágica de Dios quien ante tal súplica sería capaz de provocar la lluvia, aniquilar la plaga de insectos, y en definitiva, protegerles cual madre bondadosa de los desastres acechantes.

Todo un mundo de ilusión, de ingenuidad, de superstición y de fe se escondía detrás de este rito intercesorio destinado a conseguir el apoyo y la intercesión divina, especialmente ante la sequía.

Esta práctica supersticiosa, en la que la música jugaba un papel esencial, era para las clases bajas, especialmente para los campesinos iletrados, repletos de temores y preocupaciones, un remedio tranquilizador sin par, pues confiaban plenamente en que la Divina Providencia les concediese el favor solicitado.

Los desastres naturales, incluidas las sequías, eran utilizados por la Iglesia dominante para atemorizar a la población infundiéndoles cierto pánico, particularmente debieron de insistir en el arrepentimiento, y eran presentados como una advertencia divina contra las faltas y males específicos que cometía la sociedad. No nos cabe la menor duda de que esta serie de manifestaciones infundieron el fervor religioso en la población, acrecentando y fomentando notablemente la religiosidad.

Estas procesiones destinadas a evocar la intercesión divina para remediar desastres, particularmente la falta de agua en los campos, las plagas de insectos, etc. Fueron relativamente frecuentes en las ciudades y poblaciones de la sociedad de Antiguo Régimen Español.